¿Se encontraron realmente Zatti y Ceferino?

El contenido del diálogo entre Ceferino y Zatti es ficticio, pero considerando la situación de deterioro de la salud de Ceferino, podría ser comprensible que tuviera esos pensamientos.

Entre las escenas “destacadas” del cortometraje se encuentra aquella donde Zatti recuerda su tiempo de convalecencia en ese mismo hospital unos 40 años antes. Ese período lo dedica además a ser ayudante del padre Evasio Garrone, considerado el médico y primer director del Hospital San José.

Garrone lo toma bajo su cuidado cuando llega, el 4 de marzo de 1902, y luego le pedirá que cuide a Ceferino Namuncurá, que llega al año siguiente. Mirando ambas historias a la vez, vemos el entretejido que Dios dispuso para que se encontraran.

El deterioro de salud de Ceferino complica a principios de 1902 su futuro como salesiano. Los exámenes médicos determinaron que había contraído tuberculosis. Es entonces cuando monseñor Juan Cagliero decidió trasladarlo a Viedma, con la esperanza de que el aire de campo le ayudará a restablecerse.

Mientras tanto, Artémides atendió en Bernal al padre Ernesto Giuliani, salesiano que murió de tuberculosis el 4 de enero de 1902. Por haber contraído la enfermedad, Zatti viajó el 4 de marzo de 1902 a la ciudad de Viedma para curarse. Allí le hizo una promesa a la Virgen María: si curaba, se consagraría al cuidado de los enfermos en el Hospital San José de Viedma.

Ya repuesto comenzó con su largo peregrinar como enfermero de los pobres. A medida que transcurría el tiempo, el servicio a los más humildes se fue profundizando y con ello su fama de santidad. , Tanto que años más tarde, en 1915,  publicó en el semanario católico “Flores del Campo” un escrito sobre su curación: “Creí, prometí, sané”.

Al año siguiente, el 15 de enero de 1903, llega Ceferino al colegio San Francisco de Sales de Viedma, donde comenzó sus estudios secundarios como aspirante dentro de la Congregación Salesiana. El padre Evasio Garrone, junto con el enfermero del hospital, Artémides Zatti, cuidaron de él.

El 5 de marzo de 1903, Artémides comenzó a trabajar como encargado de la farmacia “San Francisco de Sales” del hospital San José.

El 6 de julio de 1904, Ceferino deja Viedma, y el 19 de julio de 1904 se embarca rumbo a Italia. Los salesianos pensaron que en ese lugar recuperaría la salud y podría continuar sus estudios de sacerdocio. Así, con 17 años, Ceferino acompaña a Monseñor Cagliero y al padre Garrone a Turín y luego a Roma, donde será su deceso, el 11 de mayo de 1905. Tenía 18 años y 9 meses.

El diálogo entre Ceferino y Zatti es redaccional, pero considerando la situación de deterioro de la salud de Ceferino, podría ser comprensible que tuviera esos pensamientos acerca del abandono de su vida en manos de Dios. Ceferino quería por todos los medios ser salesiano y misionero, para continuar el proceso de evangelización de su pueblo. Zatti, por otro lado, ya medianamente repuesto y con ganas de ser salesiano también, comprenderá con los años la grandeza y verdad de esas palabras de Ceferino.

Ceferino fallece en el hospital de los Hermanos de San Juan de Dios de la isla Tiberina, en Roma, el 11 de mayo de 1905. En 1930, el padre Luis Pedemonte comienza a recoger testimonios de su vida, habiendo ya logrado en 1924 la repatriación de sus restos mortales desde Italia.

Entre los convocados a declarar, por supuesto, está nuestro hermano Zatti. Y así narra en su testimonio:

“​

Se me había confiado la atención de Ceferino, débil de los pulmones. La cura más eficaz en ese tiempo era la de robustecer el físico con alimentación sana y abundante. Todas las mañanas lo esperaba en su enfermería, y lo veía llegar sonriente a las diez en punto, durante el recreo escolar. Le tenía preparado un buen bife recién retirado de la plancha, una copita de vino y pan fresco. Los dos comíamos juntos esta medicina recetada por nuestro querido médico, el padre Garrone.

Por la tarde, al terminar las clases, nos veíamos otra vez, para la segunda medicación diaria. Consistía en esto: el padre Garrone nos daba unas monedas, y debíamos dar un paseo, tomar aire bueno, y comprar unos huevos del día en las chacras vecinas. Al regresar preparábamos sendos cócteles, para fortalecer nuestro organismo.

Recuerdo siempre la dulzura, la sonrisa de Ceferino y su profunda gratitud. A menudo regresando del paseo me decía:

— “Mira, Zatti, cuánta bondad en nuestros Superiores. Nos aman como si fueran nuestro padre y nuestra madre. Vamos a rezar el Rosario por sus intenciones…”

Y caminábamos rezando los misterios del Rosario.

En 1904, monseñor Cagliero, al irse a Italia, se llevó a Ceferino. Recibí de él una estampa con esta dedicatoria: “A mi enfermero Artémides Zatti, cordiales saludos.”