Las rosas entre los escombros: hacer frente a la adversidad

El jardín estaba pensado para el descanso de los pacientes y hacerlos pensar en otra cosa que no fuese su propia enfermedad.

Una de las escenas estudiadas para el momento del desalojo del hospital es aquella donde la cámara se acerca al momento que caen escombros sobre las rosas del jardín.

La historia del jardín del hospital San José tiene como protagonista a las enfermeras que colaboraban con Zatti de forma voluntaria, que con gran empeño habían armado ese jardín. Su interés respondía a la realidad del hospital, ya que allí dirigían a los enfermos para que se distrajeran a gusto, tomaran un poco de sol. Un lugar para hacerlos descansar y pensar en otra cosa que no fuese su propia enfermedad. Para muchos de los enfermos, ese jardín habría significado un lugar y un momento salvífico. De algún modo, se conectaba y representaba simbólicamente todos los gestos de caridad y atención para con ellos de parte de Zatti y su equipo de colaboradores.

No era un jardín más. Tampoco era un jardín botánico. Era mucho más que todo eso. Era la condensación del amor, que ahora se vería entre escombros. ¿Cómo sucedió esto?

En su biografía de Artémides Zatti, el padre Raúl Entraigas nos cuenta la historia del desalojo del hospital. La antecede una necesidad que se daba en esos años: darle un lugar de residencia al nuevo obispo de Viedma con el equipo de sus inmediatos colaboradores. De hecho, la diócesis ya se había conformado en 1934, y desde esos años, monseñor Esandi con su gente vivían en el ex colegio de María Auxiliadora. Así nos cuenta el padre Entraigas:

“​

En 1936 llegó de Turín, el Prefecto General de la Congregación, Don Pedro Berruti. Venía con la misión de preparar un convenio a fin de repartir los bienes que tenía la Sociedad Salesiana, algunos de los cuales, habiendo sido adquiridos intuihl Ecclesiae, pertenecían naturalmente a la nueva diócesis. El superior, de acuerdo con monseñor Esandi y sus consejeros, prepararon el convenio. Entre los bienes que figuraban como pertenecientes al obispado estaba el terreno donde funcionaba el hospital.

Entretanto llegaban ingenieros, constructores y obreros de la Dirección General de Arquitectura de la Nación para dar comienzo a las obras del nuevo obispado. Había que dejar vacío ese lugar.

Zatti hasta lo último, esperó en un milagro;
pero Dios quería el milagro de su sacrificio,
abnegación y obediencia… y eso sí se realizó.

“Lo he visto llorar como un niño”, dice uno de los sacerdotes que estuvo a su lado en esas horas de calvario. Zatti no tenía dónde llevar sus enfermos. Ya los albañiles comenzaban la demolición y los pacientes estaban todavía en el hospital. El pobre Zatti andaba en esos días totalmente aturdido. (…) Le parecía que cada golpe de piqueta se lo daban en el corazón. Iba, venía, volvía a ir y tornaba a venir: estaba desorientado: no sabía lo que hacía.

Los últimos enfermos salieron bajo el polvo de los primeros muros del hospital que se derrumbaban. Los obreros de Arquitectura no sabían de qué se trataba. Ellos recibieron órdenes de demoler y demolían.

Cuando las enfermeras veían
que sobre el jardín que ellas
habían cuidado con tanto esmero,
caían trozos de pared, ahogando los claveles,
rosas y crisantemos, se echaban a llorar. 

Zatti procuraba darles ánimo
y les decía que se dejaran de sensiblerías:
pero más estaba él
para ser consolado que para consolar…

 

Y los carros iban y venían de la Escuela Agrícola, llevando sin cesar, enfermos y enseres… Llegó un momento en que se vio que el buen samaritano estaba agotado. Se notó que sus nervios ya no le respondían. Fue cuando uno cometió la imprudencia, en ese momento tremendo de su vida, de decirle: “Don Zatti, mire lo que dice la gente…” “¿Qué dice la gente?”, inquirió él realmente abatido. “Dice que Ud. cierra el hospital porque esta fundido”.

En ese momento Zatti apretó los dientes, cerró los puños, un rìctus dramático de dolor se dibujó en su rostro y luego levantando los brazos, grito con voz estentórea, hecho una fiera: “Por favor, que no me hagan hablar, que no me hagan hablar…”.

 

La rosa golpeada con esos escombros tirados con indiferencia nos hace presente a Zatti que ve golpeada su vida. Su caridad es abofeteada por las circunstancias.

Bronca, angustia, indignación: Zatti no es ajeno a eso, como cualquier persona que atraviesa una situación injusta y dolorosa. Hay un momento para todo. Y también para arrancar de nuevo.

Frente a la adversidad, Zatti responde con fe, trabajo y comunidad, sin perder nunca de vista lo más importante: no son las paredes del hospital, sino la posibilidad de seguir trabajando por los pobres y enfermos.