Los salesianos… ¿con un hospital?

El hospital San José de Viedma, donde trabajaba Zatti, fue el primero de la Patagonia argentina.

De Don Bosco sabemos que fundó oratorios, casas, capillas, escuelas y talleres… pero, ¿un hospital? Es que esa fue la necesidad que vieron los misioneros salesianos en el entonces pequeño pueblo de Viedma, a fines del siglo XIX. Así abrieron la primera farmacia del lugar. Y luego el hospital San José, el primero de la Patagonia argentina.

En ese hospital desplegó Zatti su pasión por el Evangelio y su amor a Jesús mediante el servicio a los más pobres y enfermos de la región. Se ocupó no sólo de procurar atención médica y tratamientos, sino también de acompañar a aquellos que estaban solos o que sufrían la pobreza.

El salesiano Raúl Entraigas, biógrafo, nos trae el recuerdo de los acontecimientos que precedieron la creación del Hospital San José:

¿Qué es el Hospital San José? La noche del 11 de agosto de 1889, la ciudad de Viedma presenció una extraña escena: cuatro coadjutores salesianos, Martini, Lanza, Bensi y Martin, en unas camillas improvisadas, conducían a un enfermo. Se trataba de un catalán, Jaime Sananja. El pobre hombre había estado consumiéndose como una candela.

Cuatro días antes, Monseñor Cagliero y el padre Vacchina, superior de la casa de Viedma, habían conversado acerca de la posibilidad de fundar un hospital para los soldados de línea que morían muchas veces abandonados y para los obreros sin familia que se extinguían en la misma forma. Hacía pocos meses habían fundado una “botica”: Viedma no había tenido farmacia hasta entonces. Por eso, el Vicario Apostólico instaló una en el colegio salesiano, y puso a su frente al padre Evasio Garrone, recién ordenado de sacerdote.

Garrone había sido enfermero en el ejército italiano. Tenía conocimientos de medicina, mucha práctica y una admirable intuición. ¡Admirable farmacia aquella! Era una auténtica “botica del pueblo”, porque estaba abierta para todos. No se especulaba con ella. Los ricos pagaban los remedios, los pobres no los pagaban. Se compensaba lo uno con lo otro. Y como siempre había déficit, se resarcía con las limosnas de los cooperadores salesianos.

(…) Se buscaba fundar un hospital en una población donde no lo había, ni tampoco había asistencia pública, ni sala de primeros auxilios, ni dispensarios. La noche del 7 de agosto, paseando con el P. Vacchina bajo los pórticos, le había dicho Cagliero:

— “¿Y si fundamos un hospital?”

— “Creo que sería una solución” —repuso el interpelado—, “pero ¿con qué?”

El prelado le dijo que la Providencia se encargaría de los medios. Y esa misma noche el padre Vacchina habló en las “buenas noches” de la fundación de un hospital, y pedía especiales oraciones a San José a fin de que intercediera ante el Omnipotente para que les allanara el camino. 

Cuatro días después, la Providencia les mandaba el primer enfermo. Era Sananja, el pintor catalán. Como se estaba consumiendo cerca del colegio fueron a verlo los padres Vacchina y Garrone. Cuando entraron en su pobre alcoba, el hombre pareció revivir. (…) Apenas el obrero les narró su penosa historia, los dos sacerdotes se miraron instintivamente, como interrogándose:

— “¿Lo llevamos? ¿Comenzamos?” —y ambos bajaron la vista, como meditando. Cuando volvieron la mirada al enfermo, dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas, calcinadas por la fiebre. Entonces el P. Vacchina le dijo: “No tema, amigo, vamos a ir a hablar al Superior y esté seguro que dentro de poco usted va a estar contento y feliz”.

Y volaron hacia el colegio. Hablaron a monseñor: “Ni qué hablar —dijo el santo Prelado— tráiganlo nomas…” Pero, ¿dónde ponerlo? La casa estaba repleta. No había lugar ni para una cama más. Entonces no existía el grandioso edificio que da a la calle Rivadavia. Pero viendo Monseñor un ranchito que había servido de caballeriza a las cabalgaduras de la policía y que estaba dentro de la misma manzana, del otro lado de la pequeña iglesia que campeaba frente a la plaza, pensó que limpiando aquello convenientemente, podría servir para dar comienzo a un pequeño hospital. 

(…) Los salesianos y alumnos, con palas, escobas, plumeros y carretillas, dejaron aquello adecentado. Las Hermanas se encargaron del retoque final y hasta perfumaron el ambiente, con bálsamos de la botica, para quitarle el olor a excremento animal de que estaba saturado. Después, una cama, colchón, cobijas, una mesa, una silla y… ya estuvo listo el hospital. ¡Cuán cierto es que todo es grande cuando el amor es grande! 

Esa noche del 11 de agosto, la Hermana Eugenia Galli esperaba, nerviosa, a la puerta del rancho, la llegada del primer enfermo. Monseñor le había confiado la delicada misión de cuidarlo. La pobre no las tenía todas consigo; pero esperaba que Dios la ayudaría…

Al cabo llegaron los coadjutores con el obrero. Unos muchachos los acompañaban con linternas. La noche era oscura y muy fría. La religiosa lo recibió con muestras de suma bondad. El P. Garrone lo auscultó bien. El hombre se sintió otro. Exactamente un mes después, el 11 de septiembre, Jaime Sananja era dado de alta. Cuando el obrero aspiró de nuevo las auras de la calle, comprendió cuánto debía a los Salesianos. ¡Esa fue la primera conquista del Hospital San José! En pos de él vendrán miles (…).